El rugido de los motores resuena y la luz deslumbrante de unos faros atraviesa la oscuridad de la noche. En la bruma se distingue un viejo avión de pasajeros que está a punto de aterrizar. Será el último avión que llegue al aeropuerto de Berlín-Tempelhof esa noche y tampoco despegará ninguno a causa de la espesa niebla, "…ni los rusos vuelan en esta sopa", dice alguien. Es el año 1962 y comienza “la noche interminable" para los pasajeros del largometraje de Will Tremper.
Los aeropuertos, como escenarios ideales para múltiples historias, siempre han sido atractivos para el cine, como en la sutil coreografía de pasajeros en tránsito en "Playtime" de Jacques Tati o en el arreglo experimental de Angela Schanelec sobre el amor y la despedida en su película "Orly" o en "Terminal", la enigmática fábula de Steven Spielberg sobre la falta de hogar y estar perdido. Los aeropuertos se convierten en símbolos del tránsito, de ese estado que no representa ni el principio ni el destino del viaje.
El aeropuerto Berlín-Tempelhof ocupa un lugar especial en este sentido. El tercer edificio más grande del mundo, en funciones desde 1923 hasta 2008, ofreció un amplio espacio para decorados cinematográficos en su monumental arquitectura y, al mismo tiempo, hizo historia por sí mismo. Construido por el régimen nazi, después de la guerra, Tempelhof se convirtió en un símbolo de la conexión entre Berlín Occidental y el "mundo libre" a través del puente aéreo.
Mientras los bombarderos Sultana seguían abasteciendo Berlín desde el aire, en 1949 ya se rodaba en este aeropuerto la película "El gran puente aéreo" y el año anterior a la construcción del Muro de Berlín, Billy Wilder filmó su comedia "Un, dos, tres" (1961), en la que James Cagney saca una botella de Pepsi, ¿quién lo iba a decir?, de una máquina de Coca-Cola en el aeropuerto de Tempelhof (aunque, en realidad, Wilder tuvo que recrear la sala en Múnich en vista de los acontecimientos de la época).
Will Tremper, considerado hoy como uno de los primeros representantes del cine de autor alemán, rodó en Tempelhof "La noche interminable" en un impactante blanco y negro entre noviembre de 1962 y enero de 1963 y la película se convirtió en su mayor éxito. La película, cuenta una historia episódica al estilo de "Gente en un hotel" de Vicki Baum, pero en este caso se trata de "gente en un aeropuerto". La monumental sala de espera y facturación con frías paredes de mármol; los amplios pasillos, vestíbulos, escaleras, cabinas telefónicas, oficinas de cristal y cafeterías, se suceden en la pantalla como espejos de la gran paleta de situaciones humanas: son lugares de comunicación, pero también de soledad, vacío interior y desorientación.
En esta noche sin fin en la que los viajeros se encuentran irremediablemente varados, se suceden momentos que oscilan entre la agudeza lúcida, a veces dolorosa, la melancolía “felliniesca” y la sátira biliosa haciendo de La noche interminable una obra maestra. La película muestra también con un fino sentido las sensibilidades de la época, no sólo sobre el género, sino también sobre los extranjeros. Qué macabro remate: hoy en día, refugiados de diferentes orígenes viven en cubículos separados por paredes finas en el mayor alojamiento para refugiados de Berlín en los hangares del antiguo aeropuerto Tempelhof. Karim Aïnouz realizó el documental "Zentralflughafen THF" (2018) sobre el tema, explorando también, y de manera nueva, la llegada, el desarraigo y lo intermedio. (Autor: Horst Peter Koll)
El rugido de los motores resuena y la luz deslumbrante de unos faros atraviesa la oscuridad de la noche. En la bruma se distingue un viejo avión de pasajeros que está a punto de aterrizar. Será el último avión que llegue al aeropuerto de Berlín-Tempelhof esa noche y tampoco despegará ninguno a causa de la espesa niebla, "…ni los rusos vuelan en esta sopa", dice alguien. Es el año 1962 y comienza “la noche interminable" para los pasajeros del largometraje de Will Tremper.
Los aeropuertos, como escenarios ideales para múltiples historias, siempre han sido atractivos para el cine, como en la sutil coreografía de pasajeros en tránsito en "Playtime" de Jacques Tati o en el arreglo experimental de Angela Schanelec sobre el amor y la despedida en su película "Orly" o en "Terminal", la enigmática fábula de Steven Spielberg sobre la falta de hogar y estar perdido. Los aeropuertos se convierten en símbolos del tránsito, de ese estado que no representa ni el principio ni el destino del viaje.
El aeropuerto Berlín-Tempelhof ocupa un lugar especial en este sentido. El tercer edificio más grande del mundo, en funciones desde 1923 hasta 2008, ofreció un amplio espacio para decorados cinematográficos en su monumental arquitectura y, al mismo tiempo, hizo historia por sí mismo. Construido por el régimen nazi, después de la guerra, Tempelhof se convirtió en un símbolo de la conexión entre Berlín Occidental y el "mundo libre" a través del puente aéreo.
Mientras los bombarderos Sultana seguían abasteciendo Berlín desde el aire, en 1949 ya se rodaba en este aeropuerto la película "El gran puente aéreo" y el año anterior a la construcción del Muro de Berlín, Billy Wilder filmó su comedia "Un, dos, tres" (1961), en la que James Cagney saca una botella de Pepsi, ¿quién lo iba a decir?, de una máquina de Coca-Cola en el aeropuerto de Tempelhof (aunque, en realidad, Wilder tuvo que recrear la sala en Múnich en vista de los acontecimientos de la época).
Will Tremper, considerado hoy como uno de los primeros representantes del cine de autor alemán, rodó en Tempelhof "La noche interminable" en un impactante blanco y negro entre noviembre de 1962 y enero de 1963 y la película se convirtió en su mayor éxito. La película, cuenta una historia episódica al estilo de "Gente en un hotel" de Vicki Baum, pero en este caso se trata de "gente en un aeropuerto". La monumental sala de espera y facturación con frías paredes de mármol; los amplios pasillos, vestíbulos, escaleras, cabinas telefónicas, oficinas de cristal y cafeterías, se suceden en la pantalla como espejos de la gran paleta de situaciones humanas: son lugares de comunicación, pero también de soledad, vacío interior y desorientación.
En esta noche sin fin en la que los viajeros se encuentran irremediablemente varados, se suceden momentos que oscilan entre la agudeza lúcida, a veces dolorosa, la melancolía “felliniesca” y la sátira biliosa haciendo de La noche interminable una obra maestra. La película muestra también con un fino sentido las sensibilidades de la época, no sólo sobre el género, sino también sobre los extranjeros. Qué macabro remate: hoy en día, refugiados de diferentes orígenes viven en cubículos separados por paredes finas en el mayor alojamiento para refugiados de Berlín en los hangares del antiguo aeropuerto Tempelhof. Karim Aïnouz realizó el documental "Zentralflughafen THF" (2018) sobre el tema, explorando también, y de manera nueva, la llegada, el desarraigo y lo intermedio. (Autor: Horst Peter Koll)